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18

Mar
2016

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“Empecé a ser yo mismo, a perder el miedo”

El 18, Mar 2016 | En Blog

Miguel Moreno (20) participa de la Fundación desde sus inicios. Llegó al espacio de terapia para poder hablar sobre la pérdida de su padre y así inició su proceso de auto-descubrimiento.


SU HISTORIA

Miguel Moreno (20) llega a la Fundación con varias flores de loto hechas en papel para regalar. Están hechas a través del origami, la milenaria técnica japonesa que aprendió a partir de ver videos de YouTube y, según reconoce, mucha paciencia.

“Migue”, como todos le dicen, es el menor de ocho hermanos. Su existencia sorprendió a su mamá con más de 40 y con algunos problemas de diabetes. Pocas semanas antes del parto, los médicos le explicaron que por el tamaño del bebé y los riesgos antes mencionados, lo mejor era hacer una cesárea. “La cesárea costaba 200 pesos y como mi familia no tenía ese dinero, Mamá fue a tenerme a un hospital. En ese momento vivíamos en Entre Ríos. Ahí le hicieron el parto con fórceps y al sacarme, me tiraron del brazo y me quebraron tendones y otras cosas”, cuenta Migue.

Nadie le explicó nada a la familia. Sólo le dijeron a la madre que, para vestirlo, le sujetara el brazo con un broche a la ropita. “Veían que mi brazo estaba muerto, no sabían que hacer. No hicieron juicio por mala praxis porque todos mis parientes se atendían ahí y tenían miedo”, relata.
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El Origami, una de las pasiones de Migue.

Origami, una de las pasiones de Migue.

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Cuando Migue cumplió tres años, toda la familia se trasladó a la casa de uno de sus hermanos, en Buenos Aires, para comenzar con las operaciones en el hospital Garraham. “La operación era riesgosa, había un 50 por ciento de posibilidades de que no saliera bien. Mi mamá siempre me cuenta que ese día, en medio de tanto miedo, recibió una señal que le dio tranquilidad y confianza. En la habitación que iba a ocupar se habían olvidado la estampita del Arcángel Miguel”, dice.

Migue fue operado tres veces más y a partir de esas intervenciones su brazo cobró cierta movilidad, aunque su mano no pudo recuperarse.  “En la escuela me cargaban mucho por el tema de mi brazo. Eso y la muerte de mi papá cuando yo tenía 11 años hicieron que me cerrara mucho, que sólo tuviera dos amigos y que no me animara a darme a conocer”, recuerda.

Para él, llegar a la Casa de Jóvenes fue el inicio de un nuevo camino. “A los 12 años empecé a participar de los retiros y actividades. Seguía muy cerrado pero con ganas de seguir viniendo. Después mi hermana me avisó del grupo de jóvenes de la Fundación”, cuenta.
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Pude ver todo lo bueno que tengo y estar agradecido por eso.

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A partir de ahí, comenzó a participar de la Fundación en diferentes espacios: Construyendo la Vida (COVI), campamentos, juegoteca, periodismo y terapia. “Cuando empecé a venir a la Fundación me empecé a abrir, a ser más sociable, a aprender lo que significaba el compañerismo, a confiar en las personas que no conozco, a darles una oportunidad. Estuvo bueno animarme”, explica.

Entre risas cuenta que durante su infancia fue a algunos psicólogos pero nunca logró “engancharse”. Ya más grande, y con un tema concreto que deseaba trabajar, arrancó terapia en la Fundación. “Tuve un año de terapia con Pepo y seis meses con Nico. Estaba muy angustiado por la muerte de mi papá.  Cargaba con mucho dolor y ganas de llorar. Siempre que conocía a alguien nuevo pensaba que me quería hacer mal”, recuerda.

Con voluntad y constancia inició su proceso. “Mi mamá siempre me decía que estudiara una carrera para no tener que depender de nadie. Yo lo tomaba mal. Creía que me decía eso porque pensaba que yo no podía desempeñarme con el brazo. Para auto superarme y darle a entender a ella que yo podía, empecé a hacer cosas que para el resto era imposible. Después entendí que ella siempre quiso ayudarme”, reflexiona.
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Migue sueña con sus primeros pasos en la carrera de mecánica y sus próximos años en bioquímica.

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Una de sus obras de arte.

Al recordar el proceso de terapia vienen a su memoria dos herramientas que utilizó y lo ayudaron mucho: un diario íntimo y una línea del tiempo al revés. “Cuando estás mal, no ves nada bueno en tu vida. Empecé a registrar todo lo que me pasaba en el diario y me sorprendió. Había más cosas buenas que malas. Pude ver todo lo bueno que tengo y estar agradecido por eso”, dice con una sonrisa.

Con la línea del tiempo no fue tan sencillo, pero reconoce allí un gran aprendizaje: “Me ayudó pero también me costó mucho. Poder ver cómo estoy hoy y viajar al pasado. Encontré muchas cosas que me dolieron, recuerdos que no quería volver a tener porque me habían costado. Duele mirar hacia atrás a veces. Me di cuenta que tenía que hacerlo si me quería liberar de todo eso, no sirve de nada no ver y dejar atrás porque sigue estando”.

Desde hace varios años profundiza su técnica de origami, aprendió porcelana, macramé.  Le encanta leer, escribir, investigar. “En terapia pude ver que no existen límites para mí pero no necesito mostrar nada a nadie. Acepto más a los demás, a mí mismo. Creo que empecé a ser yo mismo, a perder el miedo”, dice.

En pocos meses terminará el secundario. Sueña con sus primeros pasos en la carrera de Mecánica y sus próximos años en Bioquímica. “Cambié. Las cosas que hago para superarme las hago por mí, no por los demás. Aprendí que siempre hay que ir para adelante, ver los problemas de frente, no esquivarlos sino superarlos”, concluye sonriente.

 

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