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19

Dic
2017

En Novedades

“Es nuestro lugar”

El 19, Dic 2017 | En Novedades

Silvia y Sergio son parte de la Fundación desde hace 9 años. Hoy son parte de distintos programas donde pueden ponerse al servicio del otro en familia.

 

El sol de la mañana ilumina el parque. Un grupo de niños y niñas, agarrados de las manos, forman una ronda. Unos sonríen y otros bostezan. En el centro, una chica entona la canción del “tallarín bailarín” y los chiquitos empiezan a moverse. Silvia se acerca tímidamente junto a Sergio, su pareja, y su hijo, Maxi, de cuatro años. Minutos después, los tres ya están cantando y bailando. “Apenas entramos, nos sentimos bien recibidos. Nos encontramos con algo que no esperábamos”, recuerda Silvia.

La historia de Silvia y Sergio comienza en la plaza de Mariló. Se enamoraron y decidieron caminar juntos para toda la vida. Al poquito tiempo, descubrieron que estaban esperando un hijo. Sergio empezó a hacer changas de plomería y fueron a vivir un tiempo con la familia de ella, y otro tiempo con la de él. Con Maxi recién nacido, se mudaron a una casilla en Chacarita. “Estábamos al lado de las vías del tren. Juntábamos botellas y cartones y los vendíamos. Íbamos a buscar la caja de mercadería a una asociación, así nos sustentábamos. Fueron momentos de mucho dolor que nos unieron mucho más”, cuenta Silvia.

Sergio, con la ayuda del padrino de Silvia, entró a trabajar en un boliche donde recogía botellas, pero al poco tiempo se clausuró el local. “Pasamos situaciones tan difíciles que pensábamos que no íbamos a poder salir. Sergio tiraba curriculums por todos lados pero no lo llamaban. Cambió la dirección y así consiguió trabajo de limpieza en un shopping”.

Con trabajo y con Maxi más grande, decidieron alquilar una pieza en Mariló. “Nos llovía, se inundaba. Andábamos de un lado para el otro. Nosotros como pareja tratando de entendernos. Costó mucho pero nunca dejamos de dialogar. De a poco aprendimos a tratarnos bien, a tener nuestros espacios”.

Un tiempo después, quedaron nuevamente sin trabajo. Decidieron dejar el alquiler y volver a lo de su suegro. Esperando a Maxi en la puerta del jardín, Silvia se encontró con Luz, una vecina del barrio que le contó sobre la Fundación. “En la puerta del jardín le conté a Luz que estábamos sin trabajo y sin casa. En esos momentos en los que ya no sabés qué hacer, bueno, ahí nos invitaron a la Fundación”.

Al poco tiempo de anotar a Maxi en la Juegoteca, invitaron a Silvia a trabajar en el área de limpieza. “No lo podía creer, poder trabajar y ayudar a mi familia, ¡era una alegría tan grande!”. Después, se animó a participar en otros espacios, como en el programa de Estimulación Temprana, y luego se sumó con Sergio como voluntaria de la Juegoteca. “Fui voluntaria varios años, ayudando en el orden y limpieza de los espacios, estando para los más chiquitos. Hace casi cinco años empecé a trabajar de forma rentada”, explica.

Mirando hacia atrás, recuerda con cariño a Ceci Peluffo, Ale Fonzo, Claudio y Euge. Hoy, comparte la organización del programa junto a Doris y Marina. “Me acuerdo que la Fundación era una casita, usábamos lo que hoy es la biblioteca y el parque y entrábamos todos, ya que éramos muy poquitos. Tenemos tantos recuerdos lindos acá”.

Sergio consiguió un empleo en seguridad y empezaron a construir. “Con los créditos de Economía Social hicimos contra piso, paredes y techo. Después compramos una casilla. De a poquito hicimos nuestra casa”, dice orgullosa. También cuenta que los chicos y chicas del Camino de Emaús (curso vocacional de la Casa de Jóvenes) hicieron el zanjeo del agua para el baño y ayudaron a comprar los materiales.

 

Si hay una palabra que define a la Fundación es el vínculo, el mirar al otro con otros ojos, ponernos en su lugar.

 

Para acompañar a una vecina, Silvia se anotó en el Grupo de Mujeres del programa de Psicología. “Me encantó el grupo. Me sentí reconocida por mi historia, me identifiqué con otras. Me ayudaron entre todas a animarme a tener a mi hija, Maia, hoy de tres años”. Motivada por el grupo, por su familia y sus compañeros de la Juegoteca, se animó a encarar una tarea pendiente: terminar el secundario. “Siempre me sentí muy acompañada. Si hay una palabra que define a la Fundación es el vínculo, el mirar al otro con otros ojos, ponernos en su lugar”.

Cada sábado por la mañana, en el medio del parque, Silvia y Sergio arman una ronda y se ponen a jugar y bailar con los chiquitos de la Juegoteca. Además, durante la semana, colaboran en un centro de rehabilitación de adicciones en San Miguel. Otros días, Silvia va al grupo de mujeres o lleva a Maia a Estimulación Temprana. Maxi, que ya tiene trece años, va todos los martes a Arranque, el programa de adolescentes, y organiza proyectos solidarios junto con sus compañeros. “En la Fundación encontramos un lugar para nosotros”, cuenta Silvia emocionada. Encontraron un lugar, su lugar, para ponerse al servicio del otro en familia.

 

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