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26

May
2015

En Novedades

La Fundación y Betty, en Clarín

El 26, May 2015 | En Novedades

“Agradezco por poder ayudar” fue el título de la nota del suplemento de Clarín Mujer que contó la historia de Betty y el trabajo de la Fundación en Ejército de los Andes.


(La nota completa)

Por Mónica Soraci (Clarín)

Dedicó -y sigue dedicando- toda su vida a ayudar a los que más lo necesitan, a los más vulnerables. Los niños y los adultos mayores son su talón de Aquiles. Desde hace 25 años, Beatriz “Betty” Alba (52) es la encargada del programa de desarrollo infantil “Casa del Niño” de la Fundación Franciscana, en el barrio Ejército de los Andes, conocido popularmente como Fuerte Apache. Desde la misma sede de la fundación, una vivienda muy humilde y prolija, donde se levanta una capilla en el patio, Betty invita a charlar en una habitación al final de una escalera, que oficia como sala para los más chiquitos. “Acá trabajamos junto a familias en situación de pobreza para que puedan desarrollar sus capacidades y transformar su realidad -dice esta mujer sencilla y con cara de buenaza-. En la fundación se construyen oportunidades con programas de trabajo, educación, salud, vivienda, arte, justicia y vínculos familiares”. La institución tiene 50 colaboradores rentados y 130 voluntarios. Trabajan con la gente del barrio, donde viven más de 35 mil personas en situación de hacinamiento grave y de mucha violencia.

Historias en común

Betty nació en la provincia de Jujuy hace 52 años en el marco de una familia humilde: papá, mamá y cuatro hermanos. “Cuando yo tenía tres o cuatro años había mucha necesidad de trabajo en mi provincia y tuvimos que venir a Buenos Aires para que mi mamá trabajara como empleada doméstica y mi papá como plomero en obras de la construcción -relata-. Acá no conocíamos a nadie y fuimos a vivir a la villa de Retiro, pero nos trajeron a Fuerte Apache cuando en aquel momento, hace más de 40 años, decidieron erradicar las villas de la Capital. También fue traída gente que vivía en pensiones o sin estabilidad económica”. Fue en Fuerte Apache donde Betty terminó su educación primaria y secundaria; también fue el lugar en el que se integró a la comunidad franciscana.

Betty vivió en carne propia la discriminación. “Cuando era niña fui discriminada por mi color piel, sobre todo en la escuela primaria donde me costaba mucho insertarme en el grupo de mis compañeros. Pero también me discriminaban porque vivía en una villa -evoca en voz baja-. Hoy todavía las villas son mal vistas, la gente cree que ahí sólo viven personas malas. Ven lo externo sin conocer profundamente a la persona. Hay un prejuicio muy grande por tu forma de vestir, tu color de piel y tu cara”. Betty se daba cuenta de que no era aceptada y “me dolía mucho. Duele no poder ser igual a los demás, tener las mismas oportunidades. Yo tenía que esforzarme más para superar esas miradas desaprobatorias. Para no sentirme tan mal porque los otros chicos no me incluían en sus juegos, me dejaban a un lado”. Pero sus padres la ayudaron y le dieron fuerzas para que superara esas miradas maliciosas que la hacían sufrir. En la secundaria, en cambio, no tuvo inconvenientes con su color de piel ni con su humilde forma de vestir.

Seguramente es ésa vivencia infantil la que la convenció de que su misión era ayudar a los más chicos. “Yo veo a los niños que sufren porque son discriminados; en general son pequeños que viven en situación de marginalidad. Porque nos guste o no, en este barrio hay mucha marginalidad. Cuando decís ‘soy de Fuerte Apache’, ya te miran de otra manera”, sostiene Betty, que vuelve al pasado. “Cuando era adolescente, recuerdo que muchos tuvieron que cambiar la dirección donde vivían para poder conseguir trabajo. Tenían que mentir. No podían recibir amiguitos en la casa ya que los padres no los dejaban venir porque tenían miedo -reflexiona con tristeza-. Tampoco los invitaban a otras casas. Eso produce mucha angustia y, de alguna manera, impide que el chico se desarrolle plenamente. Cuando una persona lo daña, ese niño va meterse cada vez más para adentro. Va a guardar sus emociones por miedo a la mirada de los otros”. Y agrega que “cuando uno tiene que mentir donde vive, está ocultando parte de su vida, deja de ser él mismo”. Pero la realidad de hoy en Fuerte Apache -dice Betty-, la gente buena, la que trabaja, tiene que ocultar su verdad. Por eso, “yo ayudo a los niños a que se inserten en la sociedad sin ser marginados. Nosotros, desde nuestro trabajo, intentamos darles las herramientas para que no sean marginados socialmente”.

El trabajo de la Fundación

Cada día, ochenta niños de entre 2 y 14 años llegan a la Fundación donde son cuidados y contenidos. La Casa del Niño nació para asistir a los papás que tenían que trabajar y no tenían dónde dejar a sus hijos. “Fue una iniciativa de los franciscanos, y ahí fuimos encontrando falta de contención y de alimentos -analiza la directora-. Con las diferentes circunstancias por las que atravesó el país, las características de la fundación fueron variando. Por ejemplo, en 2001, ante la urgencia económica de haber perdido el empleo y no poder alimentar a sus hijos, empezamos a aceptar a esos chicos para que tengan su alimento. También la Casa fue cambiando de acuerdo con la situación social argentina”. Según Alba, también atienden casos donde existe violencia doméstica, niños cuyos padres se han separados y la jefa del hogar tiene que salir a trabajar. También hay familias que vienen del Interior o de países limítrofes a probar suerte y que, hasta que logran estabilizarse, necesitan de la solidaridad de la fundación, para que cuide a la prole.

El programa de “Casa del Niño” se divide en dos turnos: mañana y tarde. Los 80 chicos que asisten a la mañana, desayunan y almuerzan, y los de la tarde, almuerzan y meriendan. “Todos los niños tienen actividades similares a las de un jardín de infantes, porque lo que nosotros queremos es que este lugar no sea un ‘depósito’, sino que podamos desarrollar en el chico las posibilidades para que el día de mañana se pueda insertar en la escuela formal -apunta Betty-. A los que están escolarizados, los ayudamos con sus tareas a fin de generar el desarrollo de sus potencialidades para ir formándolos como personas de bien. Y para que estos chicos en la escuela sean considerados igual que los otros alumnos. Los ayudamos a construir su autoestima”.

Betty trabaja con los chicos y con sus familias. “Nosotros les decimos a los niños las cosas buenas y las cosas malas del barrio donde viven porque no se los puede engañar. Hablamos de las adicciones, del alcoholismo, de lo que significa para su futuro no estudiar”. Se trabaja con los padres para que estén alertas ante cualquier cambio que noten en la personalidad y en las actitudes de los chicos.

La fundación está incorporando nuevos programas, como los talleres de Comunicación, espacios para el trabajo con jóvenes en la prevención de adicciones.

Cuando termina su labor como directora de la fundación, Betty Alba es la encargada de la alfabetización de adultos en un centro de jubilados y sitios con chicos con discapacidad motora y pequeños retrasos madurativos. “Hay muchos adultos mayores que están solos, que por ahí sus hijos los han abandonado y el Estado también. El mundo avanza, las sociedades avanzan, pero algunos se quedan atrás -explica esta mujer que vive en el barrio junto a su papá, una hermana y sus sobrinos-. Es un apoyo que les brindamos para que puedan reinsertarse en la sociedad y aprendan a desenvolverse, porque hay algunas personas que tienen que ir a cobrar su pensión o jubilación solos”.

Betty nunca se casó ni tuvo hijos. “No se dio, me hubiera gustado construir una familia, pero no se dio”, reconoce. Como contrapartida, adoptó a la solidaridad como su estilo de vida. Después de tantas horas diarias de trabajo, continúa su labor puertas afuera de la fundación. “En el barrio armamos una especie de red de contención. Nos reunimos, charlamos, rezamos por algún familiar enfermo -se entusiasma-. También ayudamos a la gente a hacer algunos trámites”.

Cuando llega la hora de dormir, cansada por tanto trajín, “le agradezco a Dios las posibilidades que me dio en la vida. Agradezco el día que viví y también me disculpo por las cosas que no salieron bien. Y, además, le pido que me deje seguir con mi trabajo porque siempre hay algo para hacer y, sobre todo, por quién hacer”. Un ejemplo.

(link a la nota)

 

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