Mirta: Qué fuerza tiene tu vida


En el marco del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, les compartimos la historia de Mirta Taboada (47) participante de la Fundación en Lomas de Mariló, Moreno. Mirta es una mujer que reparte su tiempo entre el cuidado de sus hijas y la venta de comida para sostener su hogar.


Tomar las medidas de los caños de agua caliente, cuidar la huerta, coser las cortinas para la cocina, arreglar la bicicleta de su hija, amasar pizzas y empanadas. Las manos de Mirta están impregnadas en cada rincón de la casa que comparte con sus hijas Agustina (22), Milagros (18) y Morena (6) en el barrio Lomas de Mariló, Moreno.


Partiendo de la premisa de que las palabras no alcanzan para definir a las personas, busca algunas que hablen un poco de ella: “Soy perseverante y terca. También me gusta mucho aprender”, dice entre risas.


De su madre y su tía aprendió a tejer, coser y cocinar; de su padre, los oficios de albañilería y galvanoplastia; de sus ganas de conocer más sobre sí misma y el mundo, cultivó el hábito de la lectura. “Soy una buscadora, siempre fui muy independiente. Con catorce años iba a la escuela y trabajaba en la empresa de galvanoplastia con mi papá”, cuenta.


La galvanoplastia se define como “la aplicación tecnológica de la deposición de metales mediante electricidad”. En palabras de Mirta, la cobertura con dorado de tornillos y caños mediante un proceso complejo con químicos. “Me encantaba trabajar a ritmo, estar activa. Lo malo de la metalúrgica es que trabajás con materiales muy tóxicos a los que te acostumbras”, explica.

De ese tiempo, se recuerda trabajando en un entorno de hombres en el que se sentía una más y en el que llamaba a su padre “Taboada”.


En esa empresa trabajó durante ocho años hasta que su padre le sugirió que dejara porque no le parecía compatible con su vida familiar. Recuerda que le costó la decisión pero terminó pareciéndole lo mejor: “Para criar a las chicas, trabajar y ocuparme de la casa tuve que aprender a organizarme sola”.


Por tres años, cuidó a una anciana con Parkinson y Alzheimer. “Cuando llegué le dije que yo no la iba a cuidar, le propuse que seamos compañeras. Hasta el día de hoy la sigo visitando y le muestro fotos para que me recuerde”, cuenta.


Para poder generar ingresos y poder seguir ocupándose de sus hijas y las labores domésticas, Mirta retomó uno de los oficios aprendidos de su madre: la cocina. Empezó a preparar las viandas para las maestras de escuelas, pizzas y empanadas para el barrio los fines de semana, mesas dulces y saladas para eventos puntuales.

Las propuestas de las viandas son de lo más variadas: pastas, carnes, minutas, ensaladas, masas caseras.


Detrás de cada vianda hay mucho trabajo: salir temprano a recorrer las papeleras para las bandejas, las verdulerías y carnicerías mayoristas para conseguir buenos precios, la preparación propiamente dicha de cada comida, la recorrida por las escuelas cada mediodía para hacer las entregas.

Además de la venta de comida, corta el pasto en casas vecinas.




Mirta comenzó a participar de la Fundación hace dos años junto a su hija Morena en Juegoteca: “A More la ayudaron mucho a madurar, ser más independiente. Ella antes no hablaba, le costaba mucho integrarse, interactuaba sólo con nosotras. En Juegoteca hizo un cambio grande”, explica. Al poco tiempo también se sumó al Taller Creativo del programa Educación.


Cada sábado, mientras Morena participa de la Juegoteca, ella comparte el taller de costura con otras mujeres de la Fundación. “Es un espacio muy lindo para compartir y charlar. Aprendemos, nos escuchamos. También hacemos diferentes cosas para los chicos. Este año voy a enseñar tejido”, relata entusiasmada.


Para sus hijas, Mirta desea que puedan alcanzar sus sueños, que el futuro les traiga tranquilidad y vida compartida con buenos compañeros. Para ella, sueña con volver a la casa de sus abuelos en Tucumán. “Sueño con llevarla a More a conocer a mi familia, poder estar juntas en ese pueblito soñado, en medio de la nada, disfrutando de los cerros”, concluye.

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